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Full text of "La novela: Breve ensayo presentado a la Academia Mexicana"

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%^v\«^^s.'^ 



Satiíatt ffollcge Itttatí 



FROM THE PUND 

PROFESSORSHIP OF 

LATIN-AMERICAN HISTORY AND 

ECONOMICS 

ESTABLISHBD I913 



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Lfl NOVELA. 



-• i^i ^I M^^— ^^/^—'■^Ki P» 1^' • 3 ^ t < * 



gREVE ENSAYO 



PIIKSKXTADO A LA 



ASÁDBMIA MEXI0ÁNA 



POB 



José López- Portillo y Rojas. 






MÉXICO 

TIP. vizcaíno & VIAMONTE.— ZULETA i8. 



|v 1906 



SAL 1 -'3 b, í? 



HARVARD COlLfGE LIBVm 

LATIN-AMERICAN 
PROFESSORSHIP fUND 






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zc .2 Academia Mexicana/ tere nc hzhíc. líe- 

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LA NOVELA 



EN GKNKHAli. 

La epopeya fué el primer vagido de la Jiuma- 
nidad, el resumen poético y musical de todas las 
tendencias y aptitudes de su espíritu. En elbi, 
como el universo en el caos, estuvieron compren- 
didos los gérmenes de toda la civilización. Así 
como de la nebulosa de íiaplace salieron los soles 
y los sistemas planetarios, así también arrancan 
de la epopeya, la teología, la historia, la geogra- 
fía, la legislación, la medicina, la poesía y las be- 
llas artes. De ese foco común, á medida que el 
progreso ha venido acentuándose, hánse ido des- 
prendiendo todas aquellas cosas para formar en- 
tidades independientes, desarrollarse por su pro- 
pia cuenta y ser origen á su vez de nuevos y 
complicados sistemas. 

La novela no es más que un género de poesía, 
pues radica en la tendencia á soilir y en el ins- 
tinto ingénito á la emoción, que palpitan en el 
fondo de nuestra naturaleza. El verso, por su ín- 
dole especial, no es propio sino para cantar lo 
sublime, y emplea para sus manifestaciones, for- 



- - 6 — 

mas exquisitas y etéreas, que no se compadecen 
con todos los asuntos. Por eso, en las remotas 
épocas del origen del arte, fué quedando en el 
fondo del alma humana un rico residuo de ideas 
y sentimientos que no habían podido alcanzar 
completa y satisfactoria expresión dentro de los 
moldes épicos, y que necesitaba otros más apro- 
piados para su desenvolvimiento y expansión'. 
Pero desde el momento en que surgió y fué cul- 
tivada la prosa, quedó abierto el camino á aque- 
llas manifestaciones comprimidas del idealismo, 
y comenzó á crecer v desarrollarse la novela con 
vida propia. 

El Ramayana, el Mahabarata, la I liada y ia 
Odise¿i son ejemplo patente de esas grandiosas 
síntesis del pensamiento llamadas epopeyas, pues 
en esos cantos inmortales se encuentra la semilla 
de todas las meditaciones y de todos los sueños 
de la humanidad; y de ellos, como de una sinfo- 
nía inmensa, han salido cuantas voces, ya triun- 
fales, ya alegres ó plañideras, han cruzado y re- 
corrido con aplauso todos los continentes y todos 
los mares. 

El primer hombre que contó un sueño ó íingió 
una historia, el primero que agregó á los acon- 
tecimientos reales y verdaderos, rasgos y pince- 
ladas procedentes de su propio inventiva, ese 
hombre fué el primer novelistíi. Porque la no- 
vela se compone de historia y de invención por 
partes iguales, como que tiene que conformarse 
con la vida para dar color de verdad á la narra- 
ción, y con el ideal para hablar el idioma de las 
ocultas ansias del alma; por eso caben dentro de 
campo tan extenso, todas las concepciones artís- 
ticas que no se elevan á la altura de la lírica. 



._.7 — 

¿Cuándo comenzí) el desprendimiento de I¡i no- 
vela, del fondo épico <londe yació perdida du- 
rante incalculable número de siglos? Nadie pue- 
de decirlo. Ni es lícito íilirmar tampoco que las 
leyendas búdicas, los cuentos sibaríticos v mile- 
si os y los escasos relatos latinos que hasta nos- 
otros han llegado, hayan sido los primeros ensa- 
3'os de la humanidad en este género literario: 
porque, bien miradas las cosas, pueden ser consj- 
íleradas dentro de él, las mitologías inventadas 
por los pueblos ¡)ol i teístas, como tegido que fue- 
ron de fábulas y aventuras, ya grandiosas, ya 
pueriles, ^^a románticas, ya obscenas, donde an- 
duvieron revueltos y juntos, dioses, semidioses 
y simples mortales. Sea de ello lo que fuere, es 
un hecho que los estudios recientes de los ar- 
queólogos, como los de Maspero por ejemplo, han 
venido á demostrar que la novela, bajo forma de 
cuento, tiene orígenes bm remotos, que se ])ierde 
en la noche de los tiempos: pues ya el antiguo 
Egipto produjo narraciones de ese linaje, al es- 
tilo de las más recientes, pers;is ó árabes, de las 
Mil ¡I una nochfís. (1) 

Entre los griegos, ensayóse por primera vez el 
género, acaso por los filósofos, quienes se valie- 
ron para aclarar sus ideas y demostrar sus prin- 
cipios, de situaciones imaginadas y personajes 
^ reales ó ficticios, ([ue desemseñaron en sus diá- 
logos un papel predeterminado. Poco á poco iría 
desprendiéndose de aquella confusión semiartís- 
tica y semicientífica, el elemento puramente fan- 
tástico, hasta constituir un género aparte, el cual 
nunca floreció tanto como en el tiempo de la de- 



(D Menéiidez y Vuluyo .--O/í^enes de ¡a yoi'ela. 



_ 8 — 

caflenoia helénícíi, y fué personificado })rínoípíiT- 
inente por el fecundo, ele^i^ante y multifonne 
Luciano, observador de todas las costumbres, 
flagelador de todos ios virios y burlador de to- 
das líis í^reencias de sit tiempo; por Lon^o, autor 
do '*DafnÍ9 y Cloe," la primer novela bucólica 
conocida: y por Heliodoro, autor del célelire 
*'Te{í^enes," quien mereció la honra de »3r imi- 
tado por Cervantes y admirado por Racine. 

Poco hay que decir de los romanos á propósi- 
to de su producción novelesca, pues de ellos no 
han llegado hasta nosotros más que dos libros 
notcddes de ese «género: el Satiricón de Petronio 
y el Asno de Oro de Apuleyo. 



* 



Después de la venida del cristianismo y de la 
caída del imperio romano, nótanse en Euro]>a dos 
corrientes novelescas bien determinadas: la una 
levantina, venida de la India, de la Persia ó de 
la Arabia, pero orientíil en todo caso, la cual apa- 
rece representada por las colecciones de fábulas 
y cuentos que tan célebres fueron durante la 
Edad Media, y que llevan por título ^'Caliiíi y 
Dimna." ''Sandebar," ''Barhuim y Josafat," '^Dis- 
ciplina y Clericalis," etc.; la otra, enteramente 
\ autóctona y nacida al calor de bus nuevas ideas y 
sentimientos que renovaban el mundo. La pri- 
mera de esas corrientes contribuyó, sin duda, al 
desarrollo de la novelística por la ingeniosidad 
de los argumentos, y el estudio y la pintura de 
los caracteres; pero la segunda vino á constituir 



- í) — 

íA fondo mismo del nuevo género literario, por 
el espíritu, l;is tendencias y los scMitimientos que 
la agitaban y movían. 

Existió en la antigüedad la novela, como exis- 
tió la pintura, y alcanzó á la verdad cierto grado 
de desarrollo: pero solamente el exterior y su- 
perficial, que consiste en el enredo fabuloso y 
en la descri¡)ción minuciosa de los hechos. Pero 
como aquellos tiempos no fueron propicios al fio- 
recimiento del idealismo, no pudieron dar origen 
á la ficción intensa, honda y penetrante, que ha 
sido el patrimonio de edades más adelantadas. 
Así pasó también con la pintura. Los griegos su- 
pieron pintar bien, y ios nombros de Zeuxis, 
Apeles y Parraxio han pasado á la historia con 
gran aplauso y prestigio; pero a(iuelÍos artistas, 
según se ve por los restos que de sus obras han 
llegado hasta nosotros, no supieron más que co- 
piar servilmente la naturaleza, trazar líneas co- 
rrectas y emplear brilbintes y firmes tintas; pero 
ni conocieron la perspectiva, para dar profundi- 
dad y horizontes á sus cuadros, ni la expresión, 
para infundir carácter, alma 3^ pensamiento á sus 
creaciones. Por eso, aunque aceptemos que la 
])intura haya sido conocida en la antigüedad, po- 
demos sin temor de errar, darle el dictado de 
arte esencialmente moderno. J\)r([ue nació en 
las catacumbas con las formas incorrectas y bo- 
rrosas del Buen Pastor v de las místicas Oran- 
tes, y llegó á lo sumo de su perfección con los 
ángeles y bienaventurados de Fra Angélico de 
Fiésole y con las Vírgenes divinas de JMurilb». 
La pintura antigua, material y externa, no reci- 
bió la intuici('tn del espíritu, sino cuan;lo le fué 
insufiada por el pueblo perseguido y lloroso que 



— 10 — 

regó con su sangre las arenas del Cirro, y buscó 
abrigo á sus ideales en las galerías subterráneas 
de la Ciudad Eterna. 

Así ha pasado también con la novela. De re- 
lato más ó menos ingenioso y divertido que fué 
en la antigüedad y siguió siendo en Bizancio, ha 
venido á ser en los tiempos modernos, el espejo 
de la vida humana, va tomada en coniunto, va 
con relación á los arcanos de cada corazón y de 
cada conciencia. 

Así como en la antigüedad clásica fueron la 
arquitectura y la escultura las artes que más flo- 
recieron, y sólo en los tiempos modernos vino á 
tomar pujanza la pintura, merced á los nuevos 
medios psíquicos criados por la civilización; pué- 
dese decir también que la epopeya fué patrimo- 
nio especial de aquella época, y que la novela lo 
es de la edad que vamos alcanzando, merced al 
progreso de ideas y afectos, que la hacen al par 
más inteligible y más profunda. 

Al derrumbarse el Imperio Romano, entró el 
mundo en confusión, perdiéronse los métodos de 
clasificación v ordenamiento de todas las cosas, 
y, en cierto modo, reaparecieron las épocas pri- 
mitivas de obscuridad v de violencia. Es cierto 
que la naturaleza domada no producía ya las 
erupciones y diluvios genésicos, en que figura- 
ron Cíclopes, Titanes y Deucaliones; mas fueron 
destruidas las ciudades, incendiadas las bibliote- 
cas, borrados los caminos, rotas las estatuas y 
destruido todo rastro de ciencia, orden v'cultu- 
ra. A merced de tan general retroceso, tornaron 
á desarrollarse entre los hombres, instintos se- 
mejantes á los que prevalecieron en los albores 



— 11 — 

(le la historia: y la ira, la lujuria, la crueldad, la 
codicia V las más rudas v desenfrenadas pasiones 
reaparecieron sobre el haz de la tierra. Mas en 
i medio de aquel dédalo de tinieblas, quedó planta- 
do un nuevo germen en el cuerpo social, el cual 
germen tenía que fructitícar tarde ó temprano. El 
alma, desconocida en la antigüedad ó relegada al 
último término del cuadro de la vida, había can- 
tado victoria sobre sus opresores milenarios: y 
vestida de blanco, coronada de luz y con los ojos 
puestos en lo alto, había hecho su aparición en 
las sociedades humanas. Ella había endulzado los 
dolores de la derrota v suavizado el furor de los 
verdugos, atenuado el estrépito de la caída y he- 
r,\io surgir el consuelo en medio de la desolación 
más dolorosa: v en la mezcla v contusión de 
aquellos dias trágicos, en que parecía que la hu- 
manidad había llegado á su término, logró en- 
cender en el corazón dos llamas desconocidas 
hasta entonces: el amor ideal y la simpatía hu- 
mana. 

De esos dos elementos nacieron los libros de 
cal)allerías. 

Segiín aíirman los doctos, puede lijarse el ori- 
gen de esos libros por los siglos octavo ó noveno 
de nuestra éni: esto es, casi á raíz del derrumbe 
del Imperio de los Césares, y en los revueltos 
tiempos en que vándalos, godos, visigodos, ala- 
nos y borgoñones salidos de las selvas germáni- 
cas, invadían el centro y el sur de Europa, sem- 
brando á su paso, ruina y desolación. Entonces 
fué cuando, empequeñecidos los ánimos por la 
inmensa catástrofe, volvieron los hombres á ser 
primitivos é infantiles, y cuando las antiguas fá- 
bulas á ([ue fueron tan dados los pueblos arios. 



— 12 - 

renacieron en los poemas? de los poetas anónimos 
de los cantares di" nesta v de los romances. 

Salidos de aquel estado embrionario con el 
trascurso del tiempo, alcanzaron su última forma 
y su boga detínitiva los libros andantescos, por los 
siglos XII y XIII; y aunque oriundos, segiin se 
dice, del Norte de Francia y de Inglaterra, lle- 
garon á traducir cumplidamente el esbido gene- 
ral de los espíritus en la sociedad medioeval. 
Los tres ciclos principales de esa literatura: el 
*. carolingio, el de 1 is cruzadas y el bretón, dieron 
origen, cada uno por su parte, á una serie de 
poemas, que formó el encanto de damas y caba- 
lleros, sacerdotes y seglares, señores y plebeyos 
de entonces: y Turpín, Fierabrás, el Caballero 
del Cisne, Lanzarote y otros personajes imagina- 
rios que fuera largo enumerar, llegaron á ser tau 
populares y conocidos de todos, como lo han sido 
los reales é históricos de épocas posteriores. 

La renovaciói] de la epopeya dio origen al re- 
nacimiento de la antigua confusión del pasado en 
un mismo molde vasto y colectivo; así que, des- 
haciéndose el ordenamiento y la emancipación 
de los asuntos, que habían comenzado á realizar 
V llevaban va tau adelantados Grecia v Roma, 
tornaron á fundirse v á inv^olucrarse en los libros » 
de caballerías, los mismos múltiples elementos 
que anduvieron revueltos en los poemas primi- 
tivos. Teología, historia, geografía, ])oIit¡ca, poe- 
sía, todo volvió á fundirse y amalgamarse en 
aquellas desordenadas síntesis medioevales; y 
genios, monstruos, gigantes, enanos, hadas y en- 
cantadoi'es, volvieron á tomar puesto de honor 
en la leven da. 



1o 
o — 

Los héroes prestigiosos de aquellos relatos, via- 
jaban por países imaginarios, ronquistaban reinos 
desconocidos, sostenían combates increíbles, lu- 
chaban contra poderes maravillosos, y al fin de 
riesgos sin fin, hazañas, heridas }' cautiverios, lo- 
graban sacar triunfantes con el poderde su robus- 
to brazo, religión, honor y amores. El móvil prin- 
cipal de sus actos, era Dios en primer término: 
pero después de eso, animábalos una pasión ro- 
mántica, acendrada y ternísis¡ma,álaquese mos- 
traban fieles en todo caso, y la cual parecía ser el 
encanto que los conducía sanos, salvos }' victorio- 
sos al través de países fieros y de descomunales 
y nunca vistas aventuras. Y al par de eso, la de- 
fensa del débil, el socorro de los oprimidos y la 
reparación de las injusticias, formaban su lema, 
su anhelo y el programa constante de su azarosa 
existencia. 

Aquella literatura fué abundantísima en Ingla- 
terra, Francia, España é Italia, y dio celebridad 
á muchos nombres ahora sepultados en el olvido. 
Y no se sabe cuánto tiempo hubiera continuado 
prevaleciendo sobre aquella sociedad, ano haber 
despuntado por los horizontes europeos, el alba 
del Renacimiento. Caída Constan tinopla en po- 
der de los otomanos, se dispersaron por toda Eu- 
ropa, griegos sabios y doctos, que derramaron 
por donde quiera en discursos, libros y pergami- 
nos, inmensos tesoros científicos yliterarios de la 
clásica antigüedad. Aquella oleada luminosa des- 
pertó en las inteligencias el mismo espíritu de 
claridad y de análisis que había sido patrimonio 
de los pueblos civilizados vencidos; y Europa, 
que había vuelto á la infancia por la barbarie, co- 



—14— 

menzó á sentirse nuevamente adulta por aquel re- 
florecimiento de la vieja cultura. Y así como las 
sombras que durante la noche han tomado aspec- 
\ to de trasgos y vestiglos, se disipan á ]a aurora 
reasumiendo sus formas inofensivas; de la mis- 
ma manera, las visiones medioevales de seres so- 
brenaturales y maléficos, que persiguieron la 
fantasía de aquellas sencillasgeneraciones,se fue- 
ron desvaneciendo gradualmente, á medida que 
la civilización fué haciéndose más intensa. Ya, 
durante el siglo XVI, habían comenzado á esca- 
sear los libros de caballerías, batidos vigorosa- 
mente por la reflexión y el criterio de hombres 
superiores; y los poemas prodigiosos, que en otro 
tiempo habían mantenido viva y exaltada la ima- 
ginación de los lectores, habían ido palideciendo 
y perdiendo interés, hasta el punto de convertirse 
en objeto de crítica y sarcasmo. 

II. 

En España. 

España no tuvo epopeya propia, según parece 
antes del siglo XII; pero hizo suya interinaria- 
mente la francesa, y tomó pie en ella para comen- 
zar su evolución poética y literaria. Los juglares 
que iban á las romerías de Santiago de Compos- 
tela, popularizaron entre los españoles los canta- 
res franceses de gesta, é introdujeron en la lengua 
y en el alma hispánicas, palabras, giros é ideales 
traspirenaicos. El Poema del Cid, que es laprimera 
epopeya española, data, según se cree, de media- 
dos del siglo XII, y ocupa un lugar cronológico 
intermedio entre la Canción de Rolando y los Ni- 
helungen. 



— 15 - 

Be la epopeya caballeresca, cualquiera que haya 
sido su origen, comenzó á desprenderse bien pron- 
to la novela. El sistema que para ello siguieron 
los españoles, fué el mismo empleado por los an- 
tiguos, cuando empezó á bosquejarse en Grecia 
el género novelesco; pues lo que Platón y Xeno- 
fonte hicieron inventando fábulas parademostrar 
verdades filosóficas, lo realizaron ásu vez los escri- 
tores españoles, clérigos ó varones piadosos en su 
mayor parte, en favor délas enseñanzas cristianas. 

Así el célebre doctor iluminado Ramón Lull, ó 
Kaimundo Lulio, como comunmente se le llama, 
compuso sus libros de ficción del Gentil y los 
Tres Sabios, El Blaquernay algún otro, con el pro- 
pósito de demostrar por medio de ejemplos, prin- 
cipios y verdades de carácter teológico; al paso 
que el infante don Juan Manuel y el arcipreste 
de Talavera, aquél con el Conde Lucanor y éste 
con El Corbacho, persiguieron ideales éticos en 
sus cuentos y fábulas, para solaz y provecho de 
sus lectores. Y aun el mismo Fr. Anselmo de 
Turmeda en su Disputa del Asno y en sus fu- 
ribundas invectivas contra frailes y sacerdotes? 
no perseguía, aunque renegado y entregado á la 
liviandad en los dominios moriscos, sino fines 
docentes, para confusión de religiosos relajados 
y defensa y salvación de incautas ovejas. 

Así fué preparándose el advenimiento de la no- 
vela desde fines del siglo XIII hasta el siglo XV, 
en que el arcipreste de Talavera dio á sus com- 
posiciones, por la perfección y la gracia de su 
prosa, un carácter tal de adelanto, que pareció 
iniciar ya la trasformación definitiva de este gé- 
nero literario. Menéndez y Pelayo afirma de la 



—le- 
mán era más ojitegórica, que La Cslestina y El 
Lazarillo de Tovmes están en germen en El 
Corhacho. (1) 

No obstante, aquellos ensayos de literatura pro- 
pia é independiente, fueron quedando como aho- 
gados en el raudal de libros de caballerías, que 
Inglaterra, Francia é Italia vomitaban sobre la 
Península; loscuales libros, aunque exóticos (pues, 
ni las tierras ni- los héroes á que aludían, tenían 
que ver en lo más mínimo con España, á no ser 
la comunidad de la idea y de los sentimientos re- 
ligiosos), acabaron por formar escuela, y engen- 
draron una serie numerosa de ficciones andantes- 
cas, escritas por ingenios españoles. 

Ningiín pueblo mejor preparado que el ibero 
para las fábulas caballerescas, no sólo por su ca- 
rácter valiente, generoso y aventurero, sino tam- 
bién porlaespecial circunstanciade haberse halla- 
do comprometido en lucha secular con la morisma, 
en defensa de su religión y de su independencia. 
Aquella porfiada guerra, que pasó de padres á 
hijos durante ocho centurias, é hizo vivir á leo- 
neses, castellanos, aragoneses, valencianos y na- 
varros siempre á caballo, embrazado el escudo y 
lanza en ristre, mantuvo francas las puertas de 
su imaginación á todo género de narraciones 
heroicas, en que el arrojo personal, la fuerza del 
brazo y la inquebrantable fe religiosa saliesen 
triunfantes de los más grandes riesgos y de las 
pruebas más duras; y por otra parte, sri trato cons- 
tante con los muslimes, en paz ó guerra, púsolos 
en contacto con el mundo mirífico de gen ios, en- 
cantadores, hechiceros y seres extraordinarios 

(1) Orígenes de la Novela. 



-17— 

que pueblan la fantasía de las razas levantinas. 
Por eso la literatura caballeresca española de aque- 
lla época, fué una de las más ricas de Europa, si 
bien los nombres de Ordóñez de Montalvo, íáilva, 
Mantorell, Rivera, Ordóñez de Calahorra y tan- 
tos otros que en ella se distinguieron, son tan 
desconocidos para las generaciones actuales, como 
si nunca hubiesen existido. 

Inauguró en España este género literario El 
Caballero Cifar, obra, del arcediano Ferrand Mar- 
tinez, la cual apareció en la primera mitad del si- 
glo XIV. Este libro, al decir de Fitzmaurice— 
Kelly (1), fué la primer novela original escrita en 
español. Mas á pesir de eso, y de haber suminis- 
trado, según se cree, con la creación del escudero 
Ribaldo (socarrón, taimado y decidor de refra- 
nes), la pauta á que se sujetó Cervantes para la 
creación del tipo de Sancho Panza, no adquirió, ni 
con mucho, la boga que tuvo el Amadís de G au- 
la, obra posteriormente introducida en aquellos 
reinos; pues mientras el Caballero Cífar quedó 
casi ignorado desde su publicación, fué el Ama- 
dís pan espiritual de varias generaciones, solaz 
y recreo de lectores asiduos y luz y espejo de 
los más finos y valientes caballeros. Tal fué el 
favor que llegó á alcanzar aquel libro en el pú- 
blico, cualquiera que haya sido su origen, por- 
tugués ó castellano, ya lo haya compuesto Vasco 
de Lobeira ó algún autor anónimo, que acaso no 
tenga parecido con el logrado por ningún otro en 
cualquier país del mundo y en época alguna co- 
nocida. Porque, no contentos los españoles con 
leerlo díay noche, aprenderlo de memoria y adop- 

(l) Historia de la Literatura Española, 



-18-- 

tarlo acaso como programa de vida, se dieron á 
imitarlo en sus escritos, y á producir una serie 
incalculable de obras análogas, que tuvieron por 
centro al Amadis primitivo. Así resultaron hi- 
jos, nietos, biznietos, tataranietos y choznos del 
personaje bretón, en nuevos libros andantescos 
que fueron apareciendo; todos héroes como el 
abuelo, á partir de Esplandian, hijo de Amadis 
(compuesto por Garcia Ordóñez de Montalvo , y 
continuando por Florisaiidro ó Flores de Grecia, 
Lisuarie de Grecia, don Florisel de Niquea, y 
tantos otros personajes andantescos de nombre 
enredado y peregrino. 

Aquel torrente de libros de caballerías no cesó 
de fluir durante un siglo; hasta que el Renaci- 
miento y el Quijote acudieron á contenerlo. 
Pues se cree que Eugenio Martínez, autor de la 
Genealogía de la Toledana Discreta, que había 
publicado la primera parte de su obra, no se atre- 
vió á imprimir la segunda por temor á la sátira 
cervantina, y que debido á la misma causa, que- 
daron inéditas otras tentativas del mismo género, 
como el Pironiso y El Canto de los Amores de Fe- 
lis y Grisaida, 

Así pudo volver la literatura española al buen 
sendero que nunca hubiera debido abandonar, al 
que habían comenzado á recorrer Raymundo Lu- 
lio, el infante don Juan Manuel, Fr. Anselmo de 
Turmeda y el arcipreste de Talavera, quienes, 
por medio de apólogos y cuentos morales, habían 
ido impulsando las letras españolas por el camino 
de la observación y de la verdad. 

Quieren algunos que sea El Caballero Cifar 
la primer novela española, mientras reservan 



—19— 

otros esa primacía para el Amadis de Gaula. 
Sea de ello lo que fuere, lo que no cabe dudar, 
ni nadie disputa, es, que el Quijote haya cerra- 
do el ciclo de ios libros de caballerías y abierto 
la era de la novela moderna. 

* * 

Las epopeyas andantescas resumían en sí, aun- 
que en germen, todos los géneros literarios po- 
sibles, porque los caballeros heroicos y discretos 
que en ellas figuraban, eran, á la vez qne bravos 
paladines, galanes enamorados y sencillos, vian- 
dantes incansables, y admiradores celosos del 
campo y de la simplicidad lugareña. Cuando co- 
menzaron aquellos libros á perder su prestigio, 
se dividieron y fraccionaron en tantas categorías 
de ficción, como gérmenes literarios entrañaban, 
y de su moribunda complexidad nacieron las no- 
velas picaresca, sentimental, histórica y pastoril. 

Bocaccio abrió la marchado la sentimental con 
su aplaudida Fiammetta, que pronto fué imitada 
por Eneas Silvio Piccolomini, Papa después, bajo 
el nombre de Pío II. Silvio escribió la Historia 
de Eurialo y Lucrecia, la cual tuvo tal aceptación, 
que fué impresa más de veinte veces antes de 
acabar el siglo XV, y traducida además á las prin- 
cipales lenguas vulgares de Europa. Antes de 
esa época, sólo Dante Alighieri en su Vita 
Nuova había tratado en estilo tierno las pasio- 
nes amorosas; pero el libro, á pesar de sus exce- 
lencias de primer orden, no parece haber alcan- 
zado la popularidad que tuvieron la Fíammetta. 
y la Historia de Eurialo y Lucrecia. 

La Arcadia de Jacobo Sannazzaro, aparecí- 



—20— 

dii en Venecia al principiar el siglo XVI, fué 
otro desprendimiento de la matriz épica, y dio 
origen á la novela pastoril, bien pronto imitada 
en Portugal, EiSpaña y Francia. Pasó con ella co- 
sa semejante á la que aconteció con Fiammetfa. 
Sannazzaro vengó á Dante; pues habiendo escrito 
Bocaccio otra novela pastoril, e\A))ieto,'ciuiesque 
apareciese la Arcadia, se sobrepuso ésta á aquél 
de tal suerte, que, mientras nadie hablaba del li- 
bro de Bocaccio, fué traducida la Arcadia a 
todos los idiomas europeos. 

En tal estado se hallaban las cosas, cuando vino 
la inmortal creación de Miguel Cervantes Saave- 
dra á precipitar los acontecimientos. Puede de- 
cirse que el Quijote obró como poderoso disol- 
vente de la materia épica de ios libros de ca- 
ballerías, apresurando su descomposición. Aquel 
reactivo enérgico produjo la rápida disgregación 
de todos los elementos que constituían la leyen- 
da an dantesca, y cooperó á ia formación de géne- 
ros literarios emancipados. 

La misma novela picaresca, aparecida poco an- 
tes del Quijote y criada de una pieza con el La- 
zarillo de TormeSy tuvo por punto de partida la li- 
teratura caballeresca, cuya contradicción es. Por- 
que, asi como los caballeros andantesiban de lugar 
en lugar en movimiento perpetuo, así también los 
héroes bellacos de las novelas picarescas eran in- 
cansables viajeros; así como los caballeros andan- 
tes llevaban vida azarosay aventurera, llena de su- 
bidas, bajadas, cambios y emociones, así también 
los picaros novelados andaban envueltos en cons- 
tantes empresas, dichas y desdichas: y así como 
los caballeros andantes no apartaban el pensa- 



—21 - 

miento de su Dios y de su dama, y lo exponían 
y sacrificaban todo á sus nobles cuanto candidos 
ideales, así también los Lazarillos, Guzmanes y 
Obregones se consagraban á matar el hambre 
como podían, á ciizar mendrugos y tomines y á 
hacer cuantas truhanadas les era dable. Puede ser 
que el iniciador del género y sus imitadores no 
hayan tenido siquiera la conciencia de que lle- 
vaban á cabo una obra de crítica demoledora al 
dar vida á sus regocijadas cuanto grotescas crea- 
ciones; pero lo cierto es que, viendo las cosas á 
distancia y considerándolas sobre el fondo de 
aquella literatura, puede estimarse su labor co- 
mo fruto del cansancio y del hastío producidos 
por la monotonía de los libros andantescos, y 
por la aspiración inconsciente y confusa, pero 
grande y poderosa de los esj)íritus, á abandonar 
l;is tortuosas callejas de una literiitura demasiado 
artificiíd, donde se hallaba encerrada toda la ins- 
piración humana, para echar por el atajo áspero 
y polvoriento, pero amplio y recto de la natura- 
leza. Es verdad que la tentativa fué harto extre- 
mosa, pues, rebasando el límite debido, degeneró 
en tosca y grosera; pero al menos debe ser vista 
como un grito de rebelión lanzado contra el ama- 
neramiento, la inverosimilitud y la pedantería 
de la literatura reinante. 

III. 

En México. 

Tal era el estado que guardaban las cosas, 
cuando, realizada la conquista de México, surgió 
á la vida nuestra flamante colonia. Los años in- 



—22— 

mediatos al derribo del Imperio de Moctezuma y 
á la toma de posesión de estos vastos dominios, 
no dieron calma ni vagar á los rudos compañeros 
de Cortés ni á los inmediatos continuadores de 
su obra, paira ocuparse en trabajos meramente li- 
terarios; ni eran, en su mayor parte, los aventu- 
reros que de España venían, gente dada á los li- 
bros ni á la pluma, sino sólo, ó antes que todo, á 
la acción. Cortés y sus heroicos soldados. Ñuño 
de Guzmán y sus feroces secuaces, Montejo y 
sus pobres compañeros, todos se distinguieron 
por aquel arrojo legendario y por aquella indó- 
mita energía, que ios llevaron á cruzar á caballo 
desiertos inmensos, inaccesibles montañas y 
bosques inexplorados, sin desatar las correa» 
de ia armadura, día y noche con la espada en la 
mano, y venciendo climas, exterminando ejérci- 
tos y conquistando reinos. Ellos fueron quienes, 
á costa de su vida y de su sangre, levantaron so- 
bre estas vírgenes comarcas la bandera de Cas- 
tilla, que no fué arriada durante trescientos años: 
mientras los otros fundadores de la colonia, los 
misioneros, iban conquistando á su paso, almas 
respeto y amor. Descalzos y con la cruz empu- 
ñada, marchaban delante de la soldadesca, predi- 
cando la Buena Nueva á las tribus indígenas, ha- 
ciéndolas entrever la misericordia al través de 
los sufrimientos y preparando su espíritu para 
su redención y grandeza futuras. Ni unos ni 
otros, guerreros ó apóstoles, dieron paz á la ma- 
no durante largo tiempo: aquellos consagrados 
al trabajo de derribar y conquistar un imperio, 
y éstos al de catequizar y bautizar idólatras, 
aprender idiomas indígenas y escribir tradicio- 



-23- 

11 es, historias, usos y costumbres de pueblos ig- 
notos. Durante aquel dilatado periodo de des- 
trucción y reconstrucción, solamente la poesía 
logró hacerse escuchar en la apenas inaugurada 
y naciente agrupación; pero no la alegre y pro- 
fana que canta amores, llora desdenes y esfuma 
ensueños, sino la grave y mística que pudo com- 
binarse con la predicación religiosa y enlazarse 
con el catequismo y la enseñanza; la que entonaba 
las alabanzas de Dios, de la Virgen y de los san- 
tos, ó llevaba á la escena pasos bíblicos y evan- 
gélicos, ú otros hechos edificantes, destinados á 
la doctrina de las inteligencias y á la moraliza- 
ción de las costumbres. 

Desde la toma de México al aparecimiento del 
Quijote y no habían pasado más que ochenta y 
cuatro años, tiempo insuficiente para que la nue- 
va sociedad de españoles y mestizos que comen- 
zaba á surgir, pudiese desarrollarse y coordinarse 
hasta un punto tal, que diese motivo y aliento á 
la literatura novelesca. El aparecimiento de la 
novela supone una sociedad formada ya, una vi- 
da intensa y consciente en actividad, y cierto 
nivel general de cultura, que convide á los auto- 
res á estudiar ideas, pasiones y costumbres bien 
caracterizadas, y permita al público lector enten- 
der la obra, aplaudirla y recompensarla. Una so- 
ciedad heterogénea, hirviente y en formación, 
improvisada con elementos no sólo disímiles, si- 
no antagónicos, que no acaba todavía de ahondar 
y construir sus propios cimientos, y donde no 
han podido arraigar aiin ideales comunes, ni ha 
llegado á extenderse la red brillante y sutil de 
una misma lengua, no está preparada para la apa- 



_24 

rición de la novela, que es el espejo de todos, una 
inovación á todos y la resultante literaria del 
pensamiento de todos. Obras de ese género, en 
1 n medio social de tal linaje, serian, si llegasen 
á surgir, verdaderos y sorprendentes fenóme- 
nos; y coniD el desarrollo de las ideas y de las 
obras que las traducen, es siempre lógico, es 
inconcuso que determinadas manifest :ciones de 
a cultura no deben buscarse allí donde ella ni 
ba aparecido todavía, ni es posible que aparezca. 
No TK cesita más explicación que esta el 
hecho, } r.ra algunos extraordinario, de que no 
hayamos tenido novelistas durante el periodo co- 
lonial. Extraño hubiera sido que á raíz de la 
Conquista y en aquellos revueltos tiempos en 
que el grupo español era escasísimo en nuestro 
suelo, pequeño aiín el de los criollos y mestizos^ 
y abrumador y predominante el de los indíge- 
nas analfabetas, hubiera hecho explosión nuestra 
literatura novelesca. Una sociedad nueva no se 
improvisa: requiere largo tiempo para hacer la 
amalgama de sus variados elementos y armoni- 
zarlos entre sí, para elaborarse un modo de ser 
propio y para entrar en posesión reflexiva de sí 
misma, estudiarse, conocerse y reproducir su 
propia imagen. Tres siglos de pugna y evolu- 
ción para un pueblo nuevo, formado de elemen- 
tos incongruentes y hostiles, es un período de- 
masiado corto para que pueda salir de su mutis- 
mo; pues el verbo analítico colectivo se desata y 
eleva, no en las épocas de transición, sino en las 
normales y de equilibrio. 

Si de estas consideraciones especiales á la 
Nueva España, pasamos á las generales relativas 



- 25— 

al estado que gn;ird{iba la novelística por aqiella 
época CTi el minulo civilizado, Ile^^amos, por otra 
parte, á la conclusión de que el género en sí 
mismo yacía por entonces en una general deca- 
dencia. 

Después de la publicación de la Diana de Jor- 
ge de Montemayor, habían ido «apareciendo en 
España numerosas imitaciones de aquella ficción 
pastoril; pero muy pocas de ellas valieron algo 
ninguna se elevó al nivel del original, y todas, 
en más ó menos grado, pertenecieron al género 
soporífero y aburrido. Alonso Pérez y Gil Polo 
es'^ribieron continuaciones de la Diana; más la 
de Pérez fué vista con absoluto desdén por el pú- 
blico y la de Gil de Polo sólo llamó la atención 
por las hermosas quintillas que contenía. Cer- 
vantes escribió su Galatea, pero esa novela no 
dio lustre á su nombre, por más que haya sido 
tan gustada por el autor, que haya muerto con el 
designio de ponerle una segunda parte. El Pas- 
tor de Fllida de Gal vez de Montalvo, la Arcadia- 
de Lope de Vega, El Siglo de Oro de Bernardo 
de Valbuena, y en general, todos los otros engen- 
dros más ó menos débiles y de la propia especio, 
que fueron abortando los ingenios de la época, 
chocaron de frente con la indiferencia general, 
y hallaron tumba prematura en el olvido. 

La novela picaresca llegó á la perfección con 
el primer ensayo del género, escrito, á lo que se 
dice, por el valiente soldado, fino diplomático, 
gran señor y aplaudido erudito Hurtado de Men- 
doza. Después del Lazarillo^ siguieron sus imi- 
tíiciones; pero casi tan desventuradas como las 
de la novela pastoril. Las únicas dignas de men- 



— 2G— 

cionarse son La Vida del Gran Tacaño, de don 

Francisco de Quevedo, donde, á vuelta de suti- 
lizarse todo, situaciones y vocablos, como fué 

uso y costumbre de tan famoso escritor, se pin- 
tan escenas bien estudiadas y se delinean con 
vigor algunos caracteres. — El Escudero Marcos 
de Ohregón de Vicente Espinel, ofrece mayor in- 
terés, tiene más movimiento y cuenta en su abo- 
no con la reconocida recomendación de haber 
servido de modelo al célebre Lessage para su 
magistral Gil Blas de Sanfillana; pues aparte de 
que su prólogo fué copiado por Lessage casi al 
pie de la letra, orientó firmemente la idea princi- 
pal desarrollada por el autor traspirenaico, y su- 
ministró temas á muchos de los más divertidos y 
picantes pasajes de su novela. — El Guzmán de 
Alfarache de Mateo Alemán, marca ya un descen- 
so considerable en el género, tanto por lo tocan- 
te al interés de la fábula, cuanto por lo qne se 
relaciona con la gracia y belleza del estilo. Apar- 
te de contener un argumento de un parecido no- 
torio con sus congéneres, muestra muy escasos 
rasgos de inventiva, y viene á ser, más que todo, 
una parodia premiosa y descolorida de sus mode- 
los. — El descenso siguió á pasos precipitados. Si 
El Diablo Cojuelo de Vélez de Guevara llegó á 
tener alguna resonancia, las Verdades Soñadas y 
Novelas de la otra Vida del mismo autor, en cam- 
bio, no hicieron más que fastidiar á sus lectores. 
—Vino después Jerónimo de Sales Barbadillo, 
quien fué sencillamente insoportable, y cuyas 
novelas jEJ¿ Bachiller Trapas a, El Caballero de^ 
Quintal y El Sutil Cordovés se caen de las manos 
de puro pesadas. 



—27— 

Las ejemplares de Cervantes, que reanudaron 
el género de las moral izado ras de Lulio, don Juan 
Manuel y el arcipreste de Talayera, aunque de 
mérito indiscutible, y justamente celebradas en 
España y en el exterior á raíz de su aparecimien- 
to, no dejaron tras sí una generación lozana y 
hermosa que las perpetuara; y cuenta que escri- 
tores de la talla de Lope, Montalván, Tirso de 
Molina y doña María de Zayas entraron por ese ca- 
mino, procurando emular las creaciones del man- 
co sublime. Pero el caso es que, aunque muchas 
de ellas rebosan ingenio y tienen muy hermosa 
dicción, son de mérito escaso, carecen de tras- 
cendencia, y mejor parecen obra de simple pasa- 
tiempo, que producto de una meditada labor li- 
teraria. 

Después del florecimiento de aquellos insignes 
ingenios, vinieron los días tristes de la primera 
mitad del siglo XVIII, en que la literatura es- 
pañola pareció muerta para siempre, y en que el 
tedioso Torres de Villarroel, desdichadísimo 
y grotesco imitador de Quevedo, publicaba sus 
Sueños provocadores de sueño, á pesar de la in- 
mensa fama que disfrutaron en su épocn, y que 
hoy apenas se comprende. 

En miedio de aquel silencio de decadencia, no 
es de extrañar que el Fray Gerundio de Campa- 
zas del Padre Isla, aunque monótono, sin argu- 
mento y de estrechísimos horizontes, haya logra- 
do meter tanto alboroto y levantar tanto ruido en 
nuestra antigua metrópoli; pues si es tan mediano 
libro en sí mismo, fué una elevada y trascen- 
dental composición para su época. 

En Italia, después de la rica florescencia ds 



-28— 

Dante, Bccacrio, Silvio y Sannazzaro, llegó la 
cpoo.i dolorosa del desaliento, en que los in- 
genios florentinos, napolitanos y venecianos tu- 
vieron que ceder el cetro literario á manos más 
{«fortunadas; pues, si bien se considera, no vol- 
vió á haber novelista italiano de reputación in- 
ternacional, bástalos tiempos de Manzoni y Sil- 
vio Pellico. 

La evolución en Francia, por ese mismo tiem- 
po, había sido más fecunda, pero también se ha- 
bía debilitado pronto, dando lugar á un largo pe- 
riodo de marasmo y medianía. Ni Bernardino 
Ribciro, ni Sannazzaro fueron los iniciadores de 
ese movimiento, sino Jorge Monte mayor, cuya 
Diana traducida al francés, inspiró la Astrea, 
hermosísima pastoral de Honorato de Urfé. Pero 
aquella composición, aunque inmensamente po- 
pular y aplaudida largo tiempo, fué luego desfi- 
gurada por Baltasar Baro, quien le agregó una 
cuarta é infelísima parte al fallecimiento de su 
autor. La Astrea careció, además, de imiitadores 
de nota, y bien pronto cansó á los lectores con 
sus mieles y pesadez campesinas. Carlos Sorel, 
de ahí poco, escribió El Pastor Extravagante á^s- 
tinado 4 matar la novela pastoril, y con eso aca- 
bó de desconceptuarse aquél género, que no tu- 
vo más representación digna en Francia, que la 
de Urfé. — Por aquel tiempo nacía en el mismo 
país Ij. novela llamada histórico, en la cual sobre- 
salieron Gombauld, Saint-Sorlin, La Caprenede^ 
y los Scudéry; pero aquellas ficciones no eran 
lilas que una caricatura de la historia, como las 
fíbul.is de los libros caballerescos, de las cuales 
eran un visible desprendimiento; ó bien un tegi- 



-29- 

do de alegorías fj.lsas y rebuscadas, que hacían 
alusión á personajes y sucesos históricos de la 
época, bajo capa de nombres y hechos de la anti- 
güedad ridiculamente desfigurados, tanto, que 
recibieron el nombre de novelas de clave, porque 
solamente podían ser comprei.didas conociendo 
los nombres de los personajes de actualidad á 
que hacían referencia. Todas esas novelas no 
eran más que meras tentativas para buscar el 
buen camino que debía conducir á la novela rea- 
lista. Para llegará él, echaron mano de dos me- 
dios los franceses: la imitación de la novela pi- 
caresca, como lo realizaron Sorel con su Franción 
y Lessage con sn Gil Blas, y la creación de la 
burlesca, que llevó á cabo Scarrón con varios li- 
bros que pusieron en solfa el tono tirante y cam- 
panudo de los llamados históricos. Pronto entró 
el género d6r estos en decadencia, y durante un 
prolongado período de tiempo, no aparecieron en 
Francia más que muy pocas novelas notables, 
como la Princesa de Cléves de Mad. LafFayette y 
la Manon Lescaut del abate Prevost. En pos vi- 
nieron Perrault, Voltaire y otros novelistas de 
menor talla, hasta que conCrebillón hijoy Pigault 
Lebrun llegó hasta el lodo el descenso de toda 
la novela. Donde no hubo fango, se levantaron 
las mujeres con la monarquía de los libros de 
ficción, y produjeron una serie no escasa de 
obras mediocres y dulzonas, muy gustadas en- 
tonces é insoportables ahora (1). 

En Alemania, donde no fué conocido el Afna^ 
dís sino hasta fines del siglo XVI, pasaron mise- 

(1) ' Lengua y Literatura Francesas" por Petitde JuUevill. 



-30— 

rabie é infecundamente los años, hasta el apare- 
cimiento de Goethe. Ese largo intervalo fué cu- 
bierto por el Hércules Cristiano y Alemán de 
Bucholtz, por traducciones de la Astrea de Urfé, 
de la Clelia de Mlle. de Scudéry, de la Diana de 
Montemayor y de la Arcadia de Sidney, y por las 
novelas pseudohistóricas imitadas del francés, 
donde los héroes griegos y romanos, y hasta los 
patriarcas bíblicos, representaban papeles caba- 
llerescos. La absurda corriente de aquellas fic- 
ciones subió tan alto, que el Sr. de Klipphausen 
llegó á publicar una colección de heroidas sobre 
asuntos bíblicos, en la cual, entre otras curiosi- 
dades, figuraba una correspondencia galante en- 
tre Adán y Eva. — El mal gusto general no sólo 
fué bufo, sino también pedante. Novelistas hubo, 
como Werder, que diesen lecciones de historia 
en sus libros, ó de Geografía, como Happel. — 
Los más amenos tomaron, para escribir, como mo- 
delo el Rohinson de Daniel Defoe, y dieron á la 
estampa innumerables variaciones de ese mismo 
tema, conocidas con el nombre de Rohinsonadas, 
Así llegaron á multiplicarse de tal suerte los 
Rohinsones, que, mientras Inglaterra no tenía 
más que uno, los hubo en Alemania sajones, si^ 
lesios, franconios, suabos, suizos, morales, inge- 
niosos, médicos y libreros. En medio de aquella 
inundación de RohinsoneSj sólo la Isla de Felsens- 
burgo de Schnabel, isla verdadera en aquel mar 
de insulseces, parece haber tenido mérito posi- 
tivo. — Los alemanes en toda esa época, no pro- 
dujeron nada original; sólo sabían imitar á los 
extranjeros. El Lazarillo de TormeSy el Guzmán 
de Alfar oche y el Gil Blas les sirvieron también 



*^1 
OÍ — 

de pauta para sus composiciones; así que repro- 
dujeron á saciedad en sus libros aquellos tipos, 
hasta que salió á luz el Simplicissimus de Grim- 
melshausen, el cual libro sirvió á su vez de pun- 
to de partida á otra serie de imitaciones, como el 
Trutz • Shuplex , el Springinsfsld y el Nido 
Maravilloso. — Después de eso, no se halla más 
nombre respetable que el de Wieland en el cam- 
po de la novela alemana; sin que pueda decirse 
por eso que el Don Silvio de Rosalva (imitación 
del Quijote) de tan famoso poeta, sea de un mé- 
rito siquiera mediano. Por fortuna vino Goethe 
de ahí á poco á salvar la novela germánica del 
descrédito merecido en que yacía; y con sus fa- 
mosos libros Goefz de Berlickingen y V/erther, 
colocó de un golpe á su patria á la cabeza de Eu- 
ropa en aquel género literario (1). 

Inglaterra despertó tarde á la novela, pues no 
llegó á perfeccionar su prosa sino hasta el primer 
tercio del siglo XVII con los sermones de Tillos- 
ton y South y con los escritos de Temple, Hali- 
fax y Locke. De aquel movimiento surgieron las 
alegorías religiosas de Bunyam, y, sobre todo, la 
Vida y Muerte de Mr. iBadman, cuya influencia 
sobre la novela realista demediados del siguiente 
^iglo, es y sigue siendo asunto de disputa para 
los críticos. — Después de aquellos primeros en- 
sayos, vinieron los Viajes de Gulliver del famoso 
deán Swift y el Rohiyison Grusoe de Daniel Defoe; 
mas es forzoso advertir que uno y otro libro, si 
bien de mérito elevado y reconocido, caben ape- 
nas en el género novelesco, porque su ficción no 

(\) A. Bossert. ''Historia de la Literatura Alemana." 



—32— 

es más que un pretexto, ya para zaherir vicios y 
costumbres de la época, como pasa con Gulliver, 
ya para predicar el amor al trabajo y al selfhelp, 
como sucede con JRohinson, No obstante, reserva- 
dp estaba á Inglaterra, que había subido tan alto 
en el drama y la poesía con Shakspeare, Mil ton, 
Dreyden y Pope, imprimir un nuevo curso á la 
novelística europea, de ahí á poco, y sentar las 
bases de la novela contemporánea (1). 

He aquí á grandes é imperfectos rasgos traza- 
do el cuadro general de ese género literario du- 
rante los siglos XVI,~ XVII y XVIII; cuadro 
poco brillante, y que demuestra el estado espec- 
tante y de gestación en que cayeron los espíritus 
al desplomarse y descomponerse la literatura 
caballeresca. 

Si pasamos de estas consideraciones extensas 
á las especiales que se relacionan con nuestra 
propia historia, conviene notar que en nuestra 
metrópoli muy especialmente, se había acentuado 
aquella universal decadencia; de suerte que poco 
ó nada tuvo que esperar nuestra colonia, ya de 
la corriente general de las letras europeas, ya de 
la particular de las españolas. Por lo que, y ade- 
más de lo dicho, no es de extrañar que en JaNue- 
va España, sociedad en formación, no se hayapro- 
ducido obra alguna de tal especie en ese mismo 
período de tiempo. Y debe también tomarse en 
cuenta para explicar el hecho apuntado, que, aun 
dado que la producción novelesca exterior hubie- 
se sido abundante y florida por aquellos años, no 
habría podido extender su influencia hasta el 

( I ) Edmundo Gosse. ''Literatura Inglesa." 



-33- 

público neohispánico, tanto por la prohibición 
impuesta á los libros de entrar en la colonia, 
cuanto por la profunda ignorancia que, en punto 
á idiomas extranjeros, reinaba en estas comarcas. 

Reservado estaba á Samuel Richardson, en la 
segunda mitad del siglo XVIII, regenerar ó in- 
fundir nueva vida á la novelística, sacándola del 
dilatado y fastidioso desmayo en que había caído 
desde la disolución de la literatura an dantesca. 
La humanidad, aunque cansada de lo maravilloso 
é inverosímil de los libros de caballerías, repug- 
naba entregarse para siempre á las truhanadas de 
los picarescos, y suspendida, por decirlo así, en- 
tre un extremo y otro, iba á tientas buscando su 
camino. 

Europa había encontrado cierta compensación 
á ia carencia de libros divertidos, en los primo- 
res y atractivos de su teatro, que fué tan brillan- 
te por más de un siglo; pues de la épaca de 
Shakspeare á la de Calderón, corren más de cien 
años, y en ese intermedio brillan Lope, Tirso, 
Moreto, Alarcón, Reciñe, Corneille, Moliere y 
otros grandes y no igualados ingenios dramáti- 
cos. Que no parece sino que el teatro y la novela, 
aun siendo hermanos gemelos, se disputan celo- 
samente el predominio del público, y tienden á 
suplantarse entre sí. 

Richardson, que no era más que un impresor- 
cilio de Salisbury Court, dio el golpe anhelado, 
publicando cuando menos el mundo lo esperaba 
su célebre Clarisa Harlowe, libro que correspon- 
dió cumplidamente á las aspiraciones de la época, 
y cubrió un vacio literario que hasta entonces 
nadie había podido llenar. Clarisa realizó el tipo 



'\. 



—34— 

de la novela que había venido preparándose len- 
tamente, de la que estaba, por decirlo así, en la 
atmósfera y cuyo advenimiento se presentía: la 
•llamada antiromántica por Taine, pero que no lo 
es tanto, y consiste en el estudio sincero del co- 
razón dentro del medio natural de la sociedad 
contemporánea, sin palabras campanudas, ni fic- 
ciones inverosímiles. 

El movimiento se vio pronto secundado en 
Inglaterra por otros escritores no menos origi- 
nales, como Fielding, Smollet, Sterne y Golds- 
mith; y fueron apareciendo sucesivamente Jo- 
seph Andreivs/ el Viaje Sentimental, Boderick 
(Random y el Vicario de Wakefield, los cuales li- 
bros acabaron de acentuar y robustecer tan di- 
chosa evolución. Con todo, la Clarisa primero y 
La Pamela del mismo Richardson después, fue- 
ron los más leídos en Europa desde fines del si- 
glo XVIII, hasta bien entrado el XIX, y los que 
tuvieron la honra de ser más admirados por los 
grandes escritores continentales. 

En pos de tan insignes novelistas, vino Walter 
Scott (posterior á ellos en tiempo, nó en mérito), 
á fundar la verdadera novela histórica (1), no la 
falsa y fantástica de los libros de caballerías, ni 
la grotesca ó de clave de los novelistas franceses 
del siglo XVIII, sino la legítima y de buena ce- 
pa, que hizo pronunciar á Agustín Thierry des- 
pués de conocerla, aquella célebre frase ^^¡C'est 
mieux que de Vhistoire!'- 

De entonces acá data la era gloriosa y triunfal 
de la novela, que vamos alcanzando. 

(1) Edmundo Gosse, ''Literatura Ingleea." 



—35 



* * 



Nació la mexicana, aunque endeble y defec- 
tuosa, en los precisos momentos en que le era 
posible venir á la vida; no mucho después de la 
publica.ción de Clarisa , y cuando , levantada por 
Carlos III la prohibición de penetrar en la colo- 
nia los libros extranjeros, se puso en contacto la 
Nueva España con la literatura europea. 

La producción literaria neobispánica tuvo orí- 
genes muy humildes, y se inició por la periodís- 
tica; pero aun esta misma nació tarde, pues, se- 
gún Beristain, la inauguró el. obispo Castoreña 
hasta principios del siglo XVIII. El eclesiástico 
Sahagún de Arévalo siguió á Castoreña con su 
Gaceta mensual; no mucho después, don José 
Antonio Álzate fundó su Gaceta de literatura; y 
el doctor Bertolache de ahí á poco dio á la es- 
tampa su Mercurio Volante, Pero todas esas pu- 
blicaciones se consagraban por entero á las noti- 
cias marítimas y mercantiles, ó alas de provisio- 
nes de empleos, mitras y canongías; ó bien se 
ocupaban exclusivamente en asuntos científicos. 
Así que, hasta Octubre de 1905, en que fué fun- 
dado el Diario de México por el alcalde de corte 
Villaurrutia, hubo en la colonia una publicación 
que destinase espacio y atención preferentes á las 
letras. Aquella novedad, aunque modesta (pues 
la edición del Diario se hacía en medio pliego 
pequeño), sirvió, con todo, de estímulo á las dor- 
midas inteligencias coloniales, como pudo verse 
en seguida por la multitud de ensayos poéticos, 
letrillas satíricas en su mayor parte, que fueron 
hallando cabida en aquel periódico. Otra de las 



—36— 

causas que influyeron en ese mismo sentido, furé 
la aparición de la literatura política fernandina y 
antinapoleónica; pues con motivo de la invasión 
de España, abundaron en la metrópoli y sus co- 
lonias, las composiciones en prosa y verso des- 
tinadas á loar á Fernando VII y á zaherir á Bo- 
n aparte. 

Dícese que el español Don Juan Pina Izquier- 
do fué el primer autor de quien se tiene noticia 
haya escrito novelas en México; pero lo cierto es 
que, si aquí las compuso, fué en España donde 
las publicó (con el título de Novelas Morales), y 
que por esa circunstancia no debe figurar en la 
historia de nuestra novelística. — Por lo que hace 
á don José González Sánchez, de quien se ase- 
vera dejó un manuscrito romántico llamado Fa- 
biano y Aurelia, poco debe interesarnos también, 
dado qne fué ignorado por sus contemporáneas, 
y lo sigue siendo por la posteridad, — Lo mismo 
debe decirse de don Jacobo Villaurrutia. cuyas 
Memorias para la historia de la Virtud no han 
dejado rastro de su paso por nuestras letras. 

La novela mexicana arranca sin duda alguna 
del "Periquillo Sarniento," obra de don Joaquín 
Fernández de Lizardi, el Pensador Mexicano. 

El Periquillo es una novela picaresca, que re- 
trata las costumbres coloniales de fines del siglo 
XVIII y principios del XIX; y tiene por mérito 
capital, la perfecta originalidad de su argumento, 
pues basta hojearla para comprender que es fru- 
to de la observación y de la reflexión persona- 
es del autor. Escrita en forma autobiográfica, 
como todas las de su género, comienza desde la 
venida al mundo del protagonista, y continúa al 



—37- 

través de una serie de relatos y episodios que no 
tienen entre sí más enlace que el da aludir á un 
solo personaje. Los lances en el libro se suceden 
á los lances, las situaciones á las situaciones, 
y el autobiógrafo, sin rubor ni escnipulo, como 
fué costumbre entre Lazarillos, Guzmanes y 
Obregones, pone á los ojos del lector sus truha- 
nadas y miserias, como si no fuesen cosa que 
valiese la pena. El objeto principal de esa cansada 
serie de retablos, parece haber sido el de tomar 
ocasión de ellos para atacar vicios y rutinas colo- 
niales, á fin de enseñar y moralizar por medio 
del entretenimiento. 

El libro da una idea bien triste del estado que 
guardaba por entonces la Nueva España, tanto 
por lo que se refiere á costumbres, como por lo 
tocante á ilustración y lenguaje. Alumbramien- 
tos, lactancia, educación de niños, trato social, 
conventos, cárceles y diversiones, todo aparece 
en la narración como en un kaleidoscopio; pero 
deprime y contrista el ánimo, la estrechez de los 
horizontes en que esa máquina de cosas se 
mueve. 

Cierto que todo es relativo, y que lo que ahora 
nos parece insignificante y pequeño, fué en aquel 
tiempo sagaz y novedoso; pero también lo es que 
esa misma consideración, muy atinada en ver- 
dad, contribuye á dar pobrísima idea del estado 
en que se hallaba la sociedad neohispánica, como 
la dá también el Teatro Crítico de Feijoo, del 
que guardaba España por los tiempos en que, 
contra las menudas supersticiones é ignorancias 
de sus contemporáneos, escribió el infatigable 
benedictino largos y pesados artículos. 



—38— 

La mejor prueba que puede darse de que Fer- 
nández de Lizardi fué hombre de claro talento, 
es la que él mismo proporciona al hablar de Pe- 
riquillo en su segunda novela Don Catrin de la 
Fachenda. *'Nó, no se gloriará, dice, mi compa- 
ñero y amigo Periquillo de que su obra halló tan 
buena acogida en este reino, porque la mía, des- 
cargada de episodios inoportunos, de digresiones 
fastidiosas y de moralidades cansadas, y reducida 
á un solo tomito, se hará desde luego más apre- 
ciable y más legible". Son esos, en verdad, los 
defectos del Periquillo: carece de interés, abun- 
da en añadiduras y pegotes narrativos, peca de 
pedantesco y predica tanto y tan á deshora la vir- 
tud, que se hace inaguantable; pero con eso 
y todo, es obra de innegable significación é 
importancia, tanto por ser piedra angular de 
nuestra novelística, como por los tesoros de ob- 
servación perspicaz y exactitud rigurosa quecon- 
tiene. Merced á ello, es ya considerado ese li- 
bro como un documento de inapreciable valor his- 
tórico, para conocer bien á la sociedad de los úl- 
timos dias de la dominación virreinal. Desde su 
aparición fué objeto de agrias censuras; pero su 
autor supo defenderse bien, exponiendo en su 
abono finas razones y robustas autoridades. Por 
ellas se viene en conocimiento de que Fernández 
de Lizardi obró en todo conscientemente al es- 
cribir como escribió, y qué su libro no es pro- 
ducto del acaso, sino de la meditación; pues según 
él mismo lo declara, procuró seguir á Cervantes 
hasta en sus defectos. ¡Lástima que haya tenido á 
Torres de Villarroel en tan alta estima, que adop- 
tase una frase suya par^t epígrafe de Periquillo! 



—39— 

La verdad es que la Nueva España exultó con 
' inmenso entusiasmo al aparecimiento del libro; 
que se hiciero» de él en breve tiempo repetidas 
ediciones; que sus personajes llegaron á ser po- 
pulares desde luego; y que sus dichos, sentencias 
y refranes anduvieron bien pronto en todas las 
bocas. Cualesquiera que sean las deficiencias de 
la composición, tiene inconcusamente el mérito 
de haber sido el primer estudio original de la 
vida neohispánica, el primer eco de nuestra voz 
y la primera reproducción de nuestra imagen. 
Si la cbpia es poco artística, no todos sus defec- 
tos deben ser imputados al pintor, pues una gran 
parte de ellos pertenece al modelo, que era feo^ y 
al medio ambiente, que era pesado y mezquino. 
Y desde luego, como lo dijo el mismo Lizardi al 
contestar las durísimas censuras que le dirigió 
don Manuel Terán desde las columnas del Noti- 
cioso, si es cierto, como Horacio lo afirma, que 
vale la obra que dá dinero á los libreros y llega 
á pasar los mares, lo tiene subido el Periquillo, 
porque fué vendido en México como pan caliente 
y mereció los honores de la reproducción en 
Cuba, España, Portugal é Inglaterra. 

El ejemplo de Lizardi tuvo por lo pronto esca- 
sos imitadores, sin duda á causa de la revuelta 
situación que reinó en nuestra naciente República 
á raíz de la Independencia. Graves problemas 
étnicos, políticos, religiosos y económicos solici- 
taron desde luego toda nuestra atención, y hu- 
bimos, para resolverlos, de entrar en fiera y di- 
latada lucha de armas y principios, que se prolon- 
gó por más de medio siglo. Así quedó enervada 
nuestra iniciativa literaria y nos vimos conde- 



— 40 - 

nados á reJativa esterilidad durante aquella cri- 
sis penosa. Hubo, pues, un intervalo como de 
cuarenta años de silencio después del apareci- 
miento del Periquillo; que no media menor tiem- 
po entre la novela de Lizardi y la que se dice es- 
cribió don Anastasio M. do Ochoa, y cuyo título 
se ignora, por haberse extraviado el libro.' 

Siguió á Ochoa el Conde de la Cortina, insigne 
crítico y erudito, y honra y prez de las letras pa- 
Irias. Desgraciadamente sus dos novelas Leona 
y Euclea ó la Ciega de Trieste que, como suyas, 
deben haber sido de mérito acrisolado, han que- 
dado irremisiblemente perdidas, por no haberse 
hecho de ellas una impresión especial, y haber 
parecido juntamente con el diario en que apare- 
cieron, segiín suerte común de las hojas perio- 
dísticas. 

No he de seguir paso á paso la historia biblio- 
gráfica de la novela mexicana, porque sería lar- 
guísima labor é impropia de la ocasión presente: 
así que sólo bosquejaré á grandes rasgos el des- 
arrollo que ha tenido entre nosotros este im- 
portante género literario, señalando como colum- 
nas miliarias en mi camino, algunas de las figuras 
proceres de la galería, para personificar en ellas 
la dirección y el empuje de nuestro movimiento 
nacional (1). 

Seame lícilo detenerme un instante en esta 
marcha precipitada, ante la interesente y melan- 



( I ) Muchos nombres de novelistae deben echarse de me- 
nos en estos breves apuntes; mas protesto que las omisiones 
que aquí se adviertan, previenen ó de flaqueza de mi memoria 
de falta de espacio para introducir en mi trabajo cuanto de- 
biera, y nó de dafiado propósito. 



- 41 — 

cólica figura de d)n Juan Díaz Covarrubias, tres 
veces coronada por la juventud, ei talento y el 
martirio. Covarrubias pereció á los veintidós 
años, fusilado en Tacubava en el calor de núes- 
tras luchas intestinas, por un jefe militar impla- 
cable; pero á esa edad, había ya escrito bastante, 
pnes dejó impresas tres novelas: La Clase Media, 
El Diablo en México y Gil Gómez el Insnrgsnfe, 
Aunque inexperto y demasiado fogoso, como era 
natural que lo fuese á su temprana edad, mostró 
raras cualidades de talento, ilustración y nervio 
en sus libros, y dejó huella en nuestro literatura, 
no tanto por lo que hizo, cuanto por lo que se 
mostró capaz de haber hecho. Su novela Gil Gó- 
mez^ cualesquiera que sean las deficiencias de que 
adolezca, contiene estudios concienzudos de la 
sociedad mexicana de los años de 10 á 11 del pa- 
sado siglo, y pinturas bien delineadas de algunos 
de nuestros más notables personajes históricos 
de aquella época. 

Nuestros mejores novelistas posteriores á Li- 
zardi y anteriores á nuestra época, son sin duda 
el doctor don Justo Sierra, don Florencio M. del 
Castillo y don Ignacio M. Altamirano. 

Sierra escribió, según parece, tres novelas: El 
Mulato, Un Año en el Hospital de San Lázaro y 
la Hija del Judío, de las cuales sólo son conoci- 
das las dos últimas . — TJn Año en el Hospital de 
San Lázaro es un estudio moral y filosófico so- 
bre los leprosos, en el cual con muy levantado 
criterio, y mediante la pintura de los sufrimien- 
tos de un joven recluido en aquel establecimien- 
to durante un año, se muestra de un modo paté- 
tico cuan cruel é injusto era el trato que entón- 



—42— 

ees se daba á los infelices atacados de tan terrible 
mal; libro acaso inspirado por Los leprosos de 
Aosta de Javier de Maistre, según alguien lo h:i 
■ insinuado, mas heraldo y precursor, en todo ca- 
so, de la tierna y sublime epopeya realizada años 
después en favor de esos mismos desventurados 
por el P. Damián de Veuster en la isla de Molo- 
kay. — La Hija del Judio pinta las costumbres 
del siglo XVII en Yucatán, y relata los episodios 
de una porfiada lucha entablada contra la inquisi- 
ción por los jesuitas, deseosa aquella de apoderarse 
delosbienes de un portugués acusado de judaizan- 
te y determinados éstos á contrariar tan inicuas 
maquinaciones. El libro termina con el triunfo de 
los jesuítas, realzado por esta palmaria declaración 
del autor: "Si su presencia (la de los hijos de Lo- 
yola) y espíritu dominante pudieron preparar la 
ruina de algunos países, en Yucatán, por el con- 
trario, no hicieron más que bienes." Juicio tan 
sereno sorprende en el escritor, é indica la rec- 
titud de sus ideas y la independencia de su ca- 
rácter, tanto más cuanto que Sierra debe haber 
leído antes de escribirlo (porque todos lo leyeron 
entonces), aquel novelón de folletín escrito por 
Eugenio Sué en 1844, con el título de El Judío 
Errante^ el cual excitó contra los jesuitas el odio 
de muchos incautos, que creyeron en Rodin como 
en Julio César ó Hernán Cortés. Como quiera 
que sea, es inconcuso que Sierra fué un espíritu 
reposado, noble é independiente, que sus libros 
fueron escritos sobré hechos de la vida real, y 
que los móviles que le inspiraron, sobrepujando 
el anhelo meramente literario del aplauso y de 
la popularidad, fueron dirigidos á la realización 



-43— 

de ideales generosos, como la libertad de con- 
ciencia y el respeto á la desgracia. 

Don Florencio M. del Castillo es una de las 
figuras más simpáticas de nuestra literatura no- 
velesca. Soñador y sentimental, entusiasta y cre- 
yente, rindió culto en su vida y en sus obras á 
los ideales más puros; y así ensalzó con su pluma 
la castidad, la abnegación y la misericordia, como 
dio testimonio con sus actos, del más acendrado 
amor á la patria y á la libertad. Enemigo de la 
intervención extranjera, fué reducido á prisión 
en tiempo de Maximiliano, y deportado á San 
Juan de Ulúa, donde murió á los treinta y cinco 
años de su edad, víctima de la fiebre amarilla. 
Después de este breve bosquejo de su vida, poe- 
ma de nobleza y ensueño, no hay que extrañar el 
carácter de sus obras, todas impregnada^ de los 
sentimientos mismos que animaron aquélla. La 
novela más importante de Castillo es, 7/a iífrma- 
na de los Angeles, historia de una mujer hermosa, 
Rafaelita, que se casa con un ciego á quien con- 
sagra su corazón y desvelos, y de qiii^n se ve 
abandonada de un modo insensato y cruel. La 
ingratitud de aquel ser infeliz, de quien era án- 
gel guardián, no le hace perder la brújuJíi..del 
amor y de la pureza, á pesar de las tentaciones y 
tropiezos que síi belleza incomparable le Suscita. 
Triunfa al fin su virtud, y el esposo descarriado 
vuelve á su lado arrepentido de sus errores y 
lleno de veneración hacia ella: pero la santa ex- 
pira de allí á poco, minada por un mal profundo, 
que las penas .morales habían exacerbado. Las 
palabras que ponen fin á tan triste historia, son 
austeras y dejan abiertos ante los ojos, los hori- . 



—44— 

zontes de una solemne y doloroso y expiación. 
"El ciego/dice el novelista, siguió tranquilo y 
grave hacia su última morada el cadáver de Ra- 
faelita. Cuando todos los que le acompañaban se 
retiraron, tomó un ramo de flores, lo deshojó sobre 
la tierra recién removida y se arrodilló á orar. 
Después se levantó, y empezó para él. Ja vida 
de la miseria.'' — Escribió también Castillo varias 
novelitas, todas del mismo corte y carácter de la 
anterior, como Amor y desgracia, La Corona de 
Azucenas, ¡Hasta el Cielo!, Dolores Ocultos y Ex- 
piación. Algunas de ellas son exquisitos y primo- 
rosos poemas de pureza y bondad apenas bosque- 
jados, y que casi se esfuman y diluyen en el am- 
biente. — La Corona de Azucenas se refiere á una 
monja que entró muy niña en la religión y sin- 
tió en la juventud una vehemente inclinación amo- 
rosa hacia su confesor, quien la amaba también. 
Pero ambos resisten la prueba con firmeza, po- 
niendo freno á sus pasiones, y la joven, agotada 
por Ja lucha, enferma y muere, legando al sacer- 
dote una corona de azucenas que había tegido pa- 
ra su tumba. — ¡Hasta el Cielo! es otro breve re- 
lato en que aparecen enamorados entre sí la santa 
y hermosa mujer de un valetudinario, y un her- 
mano de éste, recto y caballeroso. El valetudi- 
nario, después de haber dudado de la fidelidad 
de la esposa y de la virtud del hermano, muere 
persuadido de la inocencia de ambos; pero los 
jóvenes, al verse libres para entregarse á su amor, 
se separan para siempre por respeto al muerto: 
él para irá Juchar contra el extranjero en tiempo 
de la invasión norte-americana, ella para entrar 
en un convento. En Ja portería se despiden losi 



—45— 

jóvenes con estas tristes y sublimes palabras: 
/ Hasta el cielo! 

A los ensayos iniciales de nuestra novelística, 
siguieron otros muchos que no hay para que de- 
tallar, por la escasa influencia que tuvieron en el 
iidelanto del género: básteme decir que Alejan- 
dro Dumas, Victor Hugo, Pablo Féval, Pon son 
du Terrail, Jíivier de Montepin, Fernández y 
González y hasta el mismo Pérez Escrich, halla- 
ron imitadores entre nosotros: pero tan endebles 
y desmedrados, que apenas han dejado memoria. 
Asegura Pimentel en su Hlsioria de Xov elisias y 
Oradores MexlcanoSy que existían en su tiempo 
(hará de esto poco más de veinte anos) sólo en 
esta capital, cerca de treinta novelistas; pero la 
verdad es que sus nombres no han pasado á la 
historia.— En ese panteón de incógnitos, resalta^ 
no obstante, el brillante nombre del General 
don Vicente Hiva Palacio, poeta, polígrafo y au* 
tor del Sol de Mayo, Virgen y Casada^ Martín Ga- 
ratiiza y algunas otras novelas de tendencias 
más ó menos históricas. Aunque el gusto reinan- 
te no es ya favorable á ese linaje de producciones, 
no puede negarse que las mencionadas son prue- 
ba patente de la admirable fecundidad y de la 
potencia criadora de su autor. 

Casi todos nuestros poetas más inspirados, por 
otra parte, han escrito, además de versos, uno ú 
otro cuento ó novelita; pero sólo de paso y sin 
dar importancia al género. Así don José M. Roa 
Barcena, don Justo Sierra, don Juan de Dios 
Peza, don Manuel José Othón, don Manuel Gu- 
tiérrez Nájera,don José Peón Contreras, don Ma- 
nuel Caballero, don Eduardo J. Correa, don Ra- 



fael de Zayas Enríquez, don Juan A. Mateos, don 
Delio Moreno Cantón, don Antonio Zaragoza» 
don Juan B. Delgado, don Manuel Puga y Acal, 
don Rafael de Alba, don Francisco M. de Olaqui- 
bel y otros, han compuesto y dado á la estampa 
narraciones novelescas, muchas de ellas primo- 
rosas, que tendrán acaso olvidadas ellos mismos, 
pero que el público ha leído y recuerda con 
gusto. 

La novela más trascendental que, á mi juicio, 
ha aparecido en México en los últimos tiempos, 
es la de don Ignacio M. Altamirano, titulada Cle- 
mencia. Librito pequeño destinado á relatar un 
episodio trágico-amoroso de nuestra guerra con- 
tra los franceses, carece de pretensiones y es pro- 
ducto espontáneo de la observación personal de 
su autor, quien lo escribió al volver de la cam- 
paña en que él mismo había tomado parte. Es in- 
concuso que Altamirano no sospechó siquiera que 
su libro pudiese valer tanto, ni creyó que iba á 
abrir con él nuevos horizontes á la novela nacio- 
nal; pero es lo cierto que ha sido fecundo en 
consecuencias, tanto más cuanto nació sin miras 
preconcebidas, y no vino al mundo precedido por 
prospecto rimbombante ni pujos de innovación, 
como suelen hacerlo en casos análogos, los litera- 
tos franceses. La misma modestia de su aparición 
preparó silenciosamente su éxito, el cual fué pau- 
latino, pero firme y seguro, como el crecimiento 
de todo germen en un medio propicio. Altamirano 
pinta y describe en él, por la primera vez entre 
nosotros, sin exageración y con verdad, nuestras 
poblaciones, costumbres y tipos nacionales, har 
riéndolos moverse sobre un fondo lleno de ani- 



—47— 

mación y colorido. La lectura de Clemencia de- 
muestra de un modo absoluto, una cosa que hasta 
entonces había sido ignorada en México, y es la 
condición novelable de nuestras cosas j de nues- 
tra vida. Nuestros novelistas, hasta entonces, ha- 
bían desarrollado susargumentos conlorme á mo- 
delos literarios europeos, haciéndolos pasar, es 
cierto, en nuestro país; mas sólo por no ponerlos 
en el aire, y describiendo tan vaga é indecisa- 
mente el medio nacional, que apenas era dable 
reconocer por sus descripciones, el lugar, el tiem- 
po y el pueblo en que la acción se desarrollaba* 
Dominaba entonces la creencia de que solamen- 
te lo extranjero podía ser novelesco, y, dicién- 
dolo ó nó, se tenía por trivial todo lo propio, 
estimándolo indigno de ser consignado en un 
hermoso libro de ficción. Esa falta de fe en nues- 
tras cosas, era el rastro que había dejado en 
nuestro espíritu la condición secundaria de nues- 
tra existencia durante el periodo colonial; por- 
que nuestros abuelos, nacidos, educados y muer- 
tos bajo la dominación extranjera, habían nutrido 
su espíritu con el sentimiento de nuestra infe- 
rioridad colectiva. Hombres y cosas, artefactos, 
cienciasy literatura, todo tenía que ser mejor vi- 
niendo de allende el Atlántico: todo cuanto nos 
pertenecía, comenzando por nosotros mismos, 
debía ceder el paso á lo que no era nuestro, como 
de calidad inferior que era. Tal fué el criterio 
general reinante en el país hasta hace pocos años. 
La conciencia de nuestra personalidad in- 
dependiente en todos los órdenes de la vida, so- 
cial y política, científica y literaria, no vino á 
afirmarse definitivamente, sino hasta la caída del 



—48— 

Imperio de Maximiliano. Sin meter Ta hoz en el 
campo de la política, que e^ enteramente extraño 
al objeto de mi trabajo, tengo q,iie fijar y consig- 
nar aquí ese hecho innegable, por la íntima rela- 
ción que tiene con el renacimiento literario de 
que vengo tratando. Nuestras luchas políticas 
semisecuíares partían de e»te problema funda- 
mental: el del afianzamiento ó la destrucción de 
nuestra independencia. El partido conservador^ 
que continuó las tradiciones coloniales, mantuvo 
siempre fija en Europa la vista, y desde Iturbide 
hasta Gutiérrez Estrada, se manifestó dispuesto 
á^apelar en último recurso, al elemento extran- 
jero para sacar triunfante su causa. La interven- 
rción francesa y el Imperio de Maximiliano re- 
presentan el último episodio de esa grande y 
prolongada contienda, que se desenlazó con el 
triunfo irrevocable del partido favorable á nues- 
tra absoluta y final emancipación. Esa victoria 
cortó para siempre los tenues hilos que aun nos 
mantenían en cierto modo ligados al predominio 
exterior, y nos dejó en plena posesión de nues- 
tra autonomía. De entonces acá es cuando México 
se ha sentido arbitro y señor de sus destinos; y 
lleno de ese sentimiento, y habiendo prescindido 
para siempre de toda apelación á extraño auxilio, 
ha ejercido su soberanía vigorosamente á la faz 
del mundo civilizado. Acontecimientos de este li- 
naje son á la continua el resultado de una larga 
cadena de hondos y poderosos factores; mas de 
pronto no pueden ser apreciados en toda su inten- 
sidad, ni parecen llevar en si el germen de tan- 
tas mutaciones como entrañan. Pero su desarro- 
llo subsecuente, Jiquilatado por el estudio y la 



—49— 

reflexión, da con posterioridad Ja clave de su 
inmensa valía; y años más tarde, si á ellos 
se vuelven los ojos, es cuando puede apreciarse 
con acierto su inmensa y trascendental magnitud. 

Nuestra República, pues, ha venido á ser de- 
flnitiva y verdaderamente independiente hasta 
18G7. De entonces acá ha tenido Códigos pro- 
pios, una Economía Política propia, un gobierno 
propio, una literatura propia y una existencia 
en fin, política, administrativa, interna y externa, 
genuimente autónoma. 

Fué la Clemencia de Altamirano la primer ma- 
nifestación de esa toma de posesión de nuestra 
personalidad íntegra, en el campo de las letras; 
de ese libro arranca la formación de nuestra lí- 
teratura novelesca nacional, propiameute dicha. 
— La semilla que dejó plantada Altamirano, fruc- 
tificó años después, cuando don Emilio Rabasa 
publicó La Bola y las novelitas que la siguieron, 
todas saturadas de ambiente patrioy vida nuestra. 
Poco tiempo más tarde npareció La Calandria de 
don Rafael Delgado, libro precioso por su fondo y 
por su forma, observado y vivido, interesante por 
su argumento y exquisito por sudicción-el mejor 
acaso de todos los de su género publicados en Mé- 
xico hasta ahora (1). Posteriormente, don Ángel 
de Campo, aunque no ha publicado más que La 
Biimha, es reconocido como el escritor más pe- 
netrado de la vida de nuestra Capital y como el 
más chispeante y regocijado descriptor de esce- 
nas metropolitanas. El docto é impecable estilista 

(t) Si no fuese falta de modestia hacer figurar mi nombre 
en este catalogo, liaría mención aquí de mi novela La Parcela 
juzgada y recibida en el país con singular benevolencia. 



—5a- 

dcm Victo rían a Salado Alvarez, don Enrique des 
Olavarria y Ferrari y don Heriberto Frias han 
dado á luz episodios histdrico& nacionales imita- 
dos de Erckmann-Chatrian ó de Pérez GaJdós; 
don Rafael Ceniceros y Villarreal se revela con 
La Siega, penetrante observador y escritor fino- 
y atildado; y el joven escritor casi niño, don Car- 
los D. González, autor de la novelita 1^8 Noche^ 
hace concebir las más risueñas esperanzas de ere- 
cien te acierto para sus próximas creaciones* 

No faltan ni han faltado entre nosotros los no- 
velistas románticos. Hablé ya de Castillo; seáme 
Ilícito ahora continuar la lista de sus congéneres 
a cual, aunque no muy nutrida, llega ha»ta nues- 
tros días. — Don Fernando Orozco y Berra, escri- 
tor de mediados del siglo pasado, la abre con su 
original ísimo libro La Guerra de Treinta Años^ 
que nada tiene que ver con las alemanas de reli- 
gión, y es un verdadero poema en prosa, á lo 
Byron, destinado á relatar con más ó menos poe- 
sía y desenfado, los múltiples y complicados amo- 
res del autor, desde los siete hasta los treinta y 
siete años de su edad. El libro se ha hecho muy 
escaso; pero aseguran los que lo conocen, que, 
aunque no carece de defectos, tiene raras cuali- 
dades de vigor en el estilo y de colorido en la 
pintura de los personajes. — Don Manuel Payno, 
autor de varias novelitas y leyendas, dio á la es- 
tampa por los años de 1840 á 1850 una novela de 
aliento titulada El Fistol del Diablo^ la cual, aun- 
que fantástica por su fondo, contiene estudios y 
descripciones muy interesentes sobre la vida de 
la capital de nuestra República por aquella época. 
— Don José M. Ramírez, autor de Uíia rosa y un 



liarapOy novela escrita en sentencias cortas, á lo 
Yictor Hugo, ha dejado memoria de sí por la ter- 
nura de «US sentimientos y la poética delicadeza 
<le SU lenguaje. — Es justo hacer aquí mención de 
Pacotillxts, novela publicada hace pocos años por 
ü\ célebre filósofo, poeta y galeno don Porfirio 
Parra; pues diga lo que quiera la crítica mal hu- 
morada, es libro hermoso y tierno, está impreg- 
nado de poesía juvenil y recuerda en varios de 
t=ius pasajes á Los Miserahlen de Victor Hugo. — 
En nuestros días, cultiva también el mismo gé- 
nero don Manuel Sánchez Mármol, si bien bas- 
tante mezclado de realismo, y hasta un si es no 
es de naturalismo. Las tres novelas que conozco 
de tan insigne literato, Juanita Sonza, Antón Pé- 
rez y Pre-rivúla^ son una especie de climax ó 
ascenso gradual en esa tendencia; porque mien- 
tras Juanita Soiiza fué sólo naturalista-sentimen- 
tal, y Antón Pérez histórica (pues solo al con- 
cluir es tremendamente romántica), Prevívlday 
que acaba de ser dada á la estampa, es todo un 
ensueño presentido, realizado y desvanecido, al 
través de una narración encantadora. 

Al lado de los escritores mencionados, figuran 
algunos naturalistas, como nuestro joven diplo- 
mático don Federico Gamboa, autor de dos obras 
de ficción de mérito relevante. Suprema Ley y 
Sania, con toda probabilidad inspirados por Flau- 
bert y Zolá. Gamboa sería entre nosotros un bri- 
llante exótico, á no aparecer acompañado en el 
género por los jóvenes escritores don Ciro B. 
Ceballos, talentoso é incisivo autor de Vn AduU 
terio y por don Bernardo Couto Castillo, quien 
falleció hace poco, después de haber trazado con 



-52— 

pluma precoz en sus Asfódelos, punzantes histo- 
rias de amor decadente. 

En el género costumbrista, después déla muer- 
te del celebrado Facundo, don José T. de Cuéllar, 
tenemos al dibujante y colorista don Cayetano 
Rodríguez Beltrán, al fino observador don José 
P. Rivera y al fiel retratista de tipos sociales D- 
Manuel H. San Juan: y en la línea de cuentistas, 
Alvarez del Castillo, Salado Alvarez, Díaz Dufoo, 
Verdngo Fálquez, Campos, Léduc, Fentanes, 
García Rodríguez y otros muchos que por el mo- 
mento no recuerdo, levantan enalto el estandarte 
de nuestras letras. 

El brevísimo é imperfecto bosquejo que pre- 
cede, pone de manifiesto dos cosas importantes: 
la primera, que la novelística mexicana ha entra- 
do con firme paso por'la senda de su florecimien- 
to, y la segunda, que la escuela á que pertenece 
la mayoría de nuestros escritores de ficción, es 
realista. ¿Por qué? Nadie alcanzaría á explicár- 
selo. El hecho es que desde Fernández de Li- 
zardi hasta Delgado, á través de Sierra y de Al- 
tamirano, casi todos nuestros cultivadores de ese 
género literario, se han alistado bajo la bandera 
del realismo. ¿Dependerá esto de la idiosincracia 
de nuestro temperamento, naturalmente inclina- 
do á la firmeza y á la verdad? Ojalá así sea. 

Cierto que los ideales y las pasiones que 
constituyen el fondo de toda poesía, son los mis- 
mos bajo todos los climas y en el seno de todos 
los pueblos, y que, desde este punto de vista, la 
literatura debe ser universal: pero también lo es 
que, sobre ese fondo común, se destacan ios li- 
neamientos y el colorido propios é intrasmisibles 



—b3 — 

ele la vida de cada nación y de cada raza. Y es 
cierto asimismo que ni los idealismos ni las pa- 
siones que tJOTistituyen el elemento poético uni- 
versal, pueden ser bien pintados ni alcanzan á 
adquirir gran relieve, si carecen de la sólida base 
que proporcionan el temperamento, la naturaleza 
y la historia peculiares de cada pueblo. El cono* 
cimiento y la reproducción de la vida circundan- 
te, con arte y verdad, son el mejor asiento que 
puede darse á todo género de ficciones destina- 
das á poner en vibración las ocultas fibras del 
sentimiento y los misteriosos resortes de la fan* 
tasía. 

Todos los sucesos pertenecientes á una misma 
época, son armónicos y concordantes. La actual, 
esencialmente analítica, reclama para la literatura 
el estudio y la comprensión exacta de la compleja 
é intensa vida de las sociedades contemporáneas, 
A la antigua inspiración desordenada y flotante 
de la primera mitad del siglo XIX, ha sucedido 
la creación artística, meditada y reflexiva, pro* 
ducto de la constancia y del trabajo. Por eso 
valen hoy más que en el pasado, los literatos y 
los poetas, porque necesitan saber y saben más 
que sus predecesores, como que el público actual 
no se contenta ya con las pasiones satánicas de 
Byron y Espronceda (1), ni con las creaciones in- 
fantiles é inverosímiles de Dumas ó de Fernández 
y González; sino exije mayor solidez de discurso 



(1) Espronceda se burlaba alegremente de su poca ciencia 
exclamando: 

**¡ Yo con erud i cción, cuanto supiera 1" 

Tal fué el espíritu general de su época con respecto á la 
instrucción : la zumba y el menosprecio. 



—54- 

y más claro fundamento de verdad, aun en las 
composiciones de mera ficción. Por lo que el mis- 
mo literato y hasta el poeta tienen que ser hoy 
en día, hombres de labor y de valer científicos, 
si quieren merecer el aplauso general y desper- 
tar emociones simpáticas en el corazón de los lec- 
tores. 

Ejemplos tomados de los grandes novelistas 
contemporáneos, podrían servir de ilustración y 
prueba de esta teoría. Sólo por no pecar de di- 
fuso, ni aburrir á mi ilustrado auditorio con la 
rememoración de lo que tan sabido se tiene^ no 
cito para robustecer mi tesis, anécdotas relativas 
á Balzac, Thackeray^ Dickens, Flaubert, Zolá> 
Tolstoi, Pereda, Pérez Galdós, Blasco Ibáñez y 
otros grandes y aplaudidos noveladores de la 
época. Todos ellos son ó han sido hombres forma- 
les, observadores y laboriosos, que han consagra- 
do á su labor todo su tiempo, ya para prepararla 
por medio de notas y citas, tomadas en viajes y 
excursiones, ya para revisar, pulir y abrillantar 
el estilo, como habilísimos y exquisitos orfebres. 
Han cambiado á tal punto y á este propósito los 
procedimientos y los gustos artísticos generales, 
que no pocas de las tituladas obras maestras con 
que se recrearon nuestros padres, no satisfacen 
ya el criterio de nuestra generación. 

III 

Su concepto y alcance. 

¿Qué papel corresponde desempeñar á la no- 
vela en las sociedades modernas? ¿Tiene por úni- 
co objeto divertir á los lectores, como los cuentos 



— DO — 

de los niños, ó puede y debe realizar otro fin más 
trascendental? 

La novela ante todo, es poesía, y tiende á sa- 
tisfacer por medios más amplios que la lírica, el 
ansia de idealismo y de ensueño que palpita en 
todo corazón. Los que no tienen habilidad para 
componer rimas, pero poseen intuición estética, 
fíintasía, ternura y bella forma literaria, hallan 
en el cultivo de la literatura novelesca, ancho 
campo donde espaciar su impaciente inspiración. 
¿Qué significado tiene, pues, la novela? El de la 
tendencia inconsciente y espontánea del espíritu 
al delirio mental en pos de mundos soñados y 
mejores. Cuando no es producto degenerado de 
una imaginación malsana, no es piedra de escán- 
dalo para los lectores ni un simplekaleidoscopio 
de formas y colores vivos, destinado á deleitar 
los ojos de los candidos; sino el verbo de las mil 
voces íntimas y desconocidas que resuenan en 
todas las almas, y que claman: ¡amor , jpoder!, 
¡felicidad! Es la expresión de los sueños huma- 
nos en forma menos musical y cantable, pero 
más amplia y detallada que la del verso; trasunto 
fidelísimo del alma agitada por los pensamientos, 
alectos y deseos que engendra, atiza y levanta la 
vida; estudio psíquico, animado y hermoso, que 
suele penetrar más hondamente en los obscuros 
senos del corazón, que las embrolladas y fasti- 
diosas disquisiciones de muchos filósofos titu- 
lados. 

Ruidoso grito levántase, con todo, contra la 
novela. Se le acusa de ser foco de concupiscencia, 
inmoralidad y locura; corruptora de costumbres, 
trastornadora de cerebros y atizadora de pasio- 



nes; . . . . No lo neguemos: de eso y más puede; 
hacerse respon sable f pero ese defecto no es sólo 
de ella, sino de to<ios los libros. La culpa no está, 
en el género, &ino eti q^iiien lo maneja. El Coíi- 
trato Social de Ro-usseau,. obra hunianitaria, con- 
tribuyó á producir los Kerrores del 93; los libros 
de Shopenhauer, destinados á desq^uisiciones fi- 
losóficas, han sido causa de suicidios; las obras, 
económicas de Proudhon,. Karl Marx y Lassal^ 
han despertado el anarquismo y puesto la dina- 
mita en manos de los criminales. Y con todo,, 
ninguno de esos libros es novelesco-, ni ha tenido 
por objeto el simple solaz de los- lectores. Con- 
denar, por lo mismo, la novela porque puede ha- 
berlas nocivas, sería lógico sólo en el caso de que 
fuesen condenados también los otros libros, por 
el peligro de su posible perversidad. 

Pero en cambio ;qué amplio conducto abierto 
por medio de ella para hablar de cerca á la gran 
mayoría! El libro científico, el doctrinal, el sim- 
plemente literario, no son accesibles ala inmen- 
sa muchedumbre; manjar de paladares exquisitos, 
es gustado tan sólo por los amantes del estudio 
y los cultores de la ciencia, ó sea por una noto- 
ria minoría del grupo social. Pero el ameno, ani- 
mado, emocionante, el que enciende las ideas, 
caldea la fantasía y pone en vibración los arca- 
nos resortes del sentimiento, tiene la magia ne- 
cesaria para recomendarse por sí solo, andar de 
mano en mano, y ser solicitado á porfía y devo- 
rado por todo5. Encomendadas las ideas á ese 
vehículo, pronto se generalizan, y corren y. se 
difunden por donde quiera, como regueros de luz 
ó pólvora. Si son malas, hacen mucho daño, si 



-57 — 

buenas, muclio beneficio; pero en ningiin caso 
quedan sepultadas en el olvido, como las de tan- 
tos libros demasiado serios, que aunque revien- 
ten de mérito, son banquete de irreverente poli- 
lla en los anaqueles y entrepaños de las biblio- 
tecas. 

La novela es una de tantas facilidades abiertas/^ 

¡•i' 

á la manifestación de las ideas por el espíritu mo- 
derno, como el vapor, el teléfono y el telégrafo; 
es un medio rápido y seguro de comunicación 
inventado por el progreso. No hay que retroce- 
der ante el peligro; es preciso luchar en el terre- 
no donde nos ha colocado la historia. Puede es- 
tallar la caldera, fulminarnos la electricidad y des- 
trozarnos la dinamita. Pero la primera, cuando 
funciona bien, nos trasporta con .rapidez de uno 
á otro lugar; la segunda, encauzada convenien- 
temente, hace ubicuo el pensamiento humano; y 
la tercera dirijida por mano no criminal, abrevia 
trabajo, destruye obstáculos y facilita la realiza- 
ción de obras gigantescas. Así la novela, aunque 
sea corruptora con la Dama de las Camelias, in- 
duzca al suicidio con Werther^ ó sirva de escue- 
la á los delitos canallescos con el Fiacre número 
trece y Las Aventuras de Bocamhole, contribuye 
á la abolición de la prisión por deudas con Pick- 
lüick Papers, á la redención de los esclavos con 
la Cabana de Tom, al amor á la libertad con Los 
Miserables y á la glorificación del Cristian isíno^^ 
con Fabiola y con Quo Vadis. Julio Verne la ha 
aprovechado magistralmente para popularizar los 
conocimientos científicos y preparar el camino á 
los descubrimientos más maravillosos. — Es esta 
precisamente la época propicia al desarrollo de la 



-bS - 

fíooíon noveíesoa, y no dejan ni dejarán de echar 
mano de tal recurso los apóstoles de todas las 
ideas y de todos los principios para prestigiar sus. 
máximas y doctrinas, y criarse adeptos entre la 
multitud. Puede asegurarse que los libros de 
Dostojeuski, Tolstoi y Gorki han influido en el 
pueblo ruso para luchar ferozmente por sus idea- 
les libertarios, más poderosamente que los de 
filosofía ó política publicadoí^ por sus sabios. El 
libro de ficción no debe, pues, ser visto con me- 
nosprecio por los hombres pensadores, porque esi 
arma fina y bien templada, que así puede servir 
para el ataque como para la defensa. 

Aparte de eso ¿quién duda que la novela s 
un medio educativo, social y artístico, de primer 
orden? Ella pone en contacto á los lectores con 
los buenos usos sociales, con las exquisiteces del 
lujo y con los primores del arte. Así se estable- 
ce una especie de nivelación entre todas las cla- 
ses, quedando las cosas, hasta las de precio más 
alto, al alcance material ó mental de la inmensa 
ma^^oria; y esos conocimientos y noticias, aunque 
parezcan triviales, pulen las maneras y ensanchan 
el horizonte intelectual. jCuántos ignotos y des- 
heredados no llegarían á tener la idea más re- 
mota de lo que son la dicha humana y la vida de 
la^ clases opulentas, si esos libros indiscretos no 
les permitiesen aplicar el ojo y el oido á las ce- 
rraduras y rendijas de los alcázares, por donde 
se filtran las luces, las risas y las músicas de los 
festines! 

El novelista, por otra parte, es el artífice más- 
atento y paciente de la bella forma del decir, el 
limador más elegante y suntuoso de la palabra; 



—59— 

es, dentro de cada pueblo y de cada raza, el lin- 
güista por excelencia, el buzo hábil y arroja* 
do, que baja á los profundos senos del idioma, á 
buscar y recojer sus perlas más ricas; y el que 
sube también á Jas alturas más eminentes y cul* 
minantes de la expresión para hacer brillar los 
vocablos con fulguraciones y relámpagos deslum- 
bradores. Nadie como él está en contacto con el 
genio de la lengua, ni con los modismos de la 
conversación, ni con las novedades del uso; ni 
en libro alguno, como en los suyos, puede encon- 
trarse la fuerza unida á la dulzura, el casticismo 
combinado con la elasticidad y la naturalidad ar- 

onizada con la elegancia de la frase. Son, pues, 
los novelistas en la moderna historia de la lite- 
ratura, los grandes maestros de la palabra: reha- 
bilitan vocablos olvidados, desacreditan y arro- 
jan del uso los mal sonantes, y adoptan, pulen y 
prestigian los nuevos, que las corrientes reinan- 
tes del progreso, van haciendo precisos en el vo- 
cabulario. Quien escojo bien y lee buenos libros 
de ficción, hace, sin saberlo, un curso de literatu- 
ra, va adquiriendo inconscientemente elbuen gus- 
to, y acaba por hablar bien, no sólo sin esfuer- 
zo, sino por medio del goce más fino y exquisito. 

Y si aun pareciesen pequeñas estas excelencias, 
no hay más que analizar, para verlas crecer y mul- 
tiplicarse, el influjo de esa lectura sobre las emo- 
ción es del alma El impedido, el viejo, el desgracia- 
do, los seres sin esperanza para quienes el mundo 
está lleno de nombras, cuando pasan los ojos por 
las páginas de esos libros prestigiosos, olvidan sus 
miserias, sienten que el corazón se les ensancha 
y ven la luz de la dicha penetrar basta el fondo 



-60— 

de Ru alma atribulada. Así, el melancólico vale- 
tudinario que no puede dejar el sitial á donde le 
tienen atado sus dolencias, al influjo de la mági- 
ca lectura, se siente ligero y fuerte, y montando 
el ágil pegaso de la fantasía, cruza comarcas, re- 
corre mares, visita metrópolis y toma parte en el 
bullicio y el regocijo de las delirantes multitu- 
des. Y el anciano de cabellera blanca y espalda 
encorvada, á quien el mundo ha relegado al ol- 
vido, y á quien no sonríen ya ni las mujeres ní 
la fortuna, siente bajo la acción del mismo en- 
canto, que el fuego de la juventud circula nue- 
vamente por sus venas; mírase iluminado la 
dicha, recibe la mirada de ojos lánguidos y oje 
latir alegremente el corazón, como en los tiem- 
pos remotos en que fué galán afortunado de ro- 
mánticos idilios. Y aquel á quien la suerte man- 
tiene doblegado bajo su golpe fierro, el desgra- 
ciado que viene al mundo para derramar lágrimas 
■hollar espinas y vagar por arenales sin fuentes 
ni palmeras, deslumhrado por la pluma del hábil 
escritor, corre un velo sobre sus dolores, se iden- 
tifica con los dichosos á quienes ha dado vida ei 
mago, y dá cabida en la mente á una ventura so- 
ñada, es cierto, pero de todos modos, sentida, en 
que nunca se hubiera atrevido á pensar sin aquel 
elíxir: siéntese joven, hermoso, lleno de brío; 
asiste á los festines mágicos donde truena el es- 
pumoso champaña y se escuchan los alegres brin- 
dis; y se mezcla en el tumultoso vals del sarao, 
llevando en brazos á beldades deslumbradoras, 
que le sonríen con amor, mientras giran en torno 
vividas luces, y acentos acariciadores murmuran 
á su oído el himno del triunfo y de la vida. 



— ni— 

Sería cruel negar al espíritu humano solaz tan 
piadoso y complacencia tan íntima, cerrando esa 
puerta por donde miran los desgraciados un gi- 
rón del cielo y penetra un rayo de sol en la ne- 
gra noche de su existencia. Esos éxtasis solita- 
rios confunden á la humanidad por momentos en 
unos mismos destinos, ciegan los abismos que se- 
paran á los dichosos de los tristes, ponen alas en 
todas las espaldas y abren para todas las almas el 
océano luminoso del ensueño. 



* 
* * 



Es la novela la última palabra de la literatura 
y \ii urona de la cultura artística, porque se com- 
pone de análisis y reflexión: y sólo es posible su 
florecimiento cuando la sociedad está bastante 
adelantada para tener conciencia de sí misma, es- 
tudiarse y reproducirse en cuadros de palpitante 
verdad y colorido. Debemos, pues, saludar con 
alegría al advenimiento de nuestra novela nacio- 
nal al campo literario, no sólo por lo que vale ya, 
sino también y principalmente por el estado so- 
cial de que es clara y dichosa manifestación. No 
se cría la novela cuando se quiere, sino nace 
cuando puede. No es compatible con un estado ru- 
dimentario de civilización, como la epopeya; mas 
florece cuando la situación general de los ánimos 
y el nivel intelectual de las masas están en sazón 
para ello: como no se alegran los campos, ni se 
visten de hojas los árboles, ni cantan los paja- 
rillos, ni se abren y exhalan perfume las flores, 
sinopasado el invierno, cuando fluyen los arroyos 
y vierte el sol su luz esplendorosa en el espacio. 
Dado este gran paso por nuestra literatura, quedí» 



-62 — 

abierta la senda para todos los triunfos. Si los 
novelistas actuales no lo han hecho todo, han 
abierto ai menos la puerta por donde pueden pe- 
netrar las nuevas generaciones. Vendrán en pos 
otros escritores que continuarán la obra hasta 
hecerla perfecta; y la aparición de los libros 
prestigiosos que escriban y publiquen en lo por- 
venir, serán espejo fiel de una patria grande, 
próspera y victoriosa. 

José López-Pobtillo y Rojas. 



México, Agosto 4 de 1906. 




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